¿Por qué escribimos?


Muchas veces me preguntan —incluso reconozco que yo mismo me lo pregunto— ¿por qué escribes? Hay gente que lo pregunta realmente por interés, le resulta curioso que alguien tenga una afición aún más extraña que leer —que ya es raro de narices— como es escribir. Porque estamos hablando de leer algo, nada de leer los chismes que ponen nuestros amigos o familiares en Facebook, o los chistes cortos que publican por Twitter; estamos hablando de leer un artículo, una novela o incluso un libro técnico que nos vaya a enseñar algo productivo.

Leer es tedioso, requiere mucho tiempo, debemos estar centrados únicamente en unas letras fijas que no piensan facilitarnos la tarea. Algunas de ellas incluso puede ocurrir que no sepamos lo que significan y, para colmo, muchos textos no tienen ni un mísero dibujo o fotografía para solazarnos momentáneamente.

Lapiz separándose en infinidad de ideas

Si eso está mal visto porque ¿para qué vas a leer pudiendo ver la tele? Imaginaos escribir, porque no solo hay que centrarse en leer esas sosas letras que forman palabras, distinguiendo las frases en que se agrupan mediante extraños símbolos llamados signos de puntuación y pasar página tras página… No, escribir es mucho peor porque debemos pensar previamente esas letras que queremos escribir ¡debemos imaginar esas letras previamente y darles forma! ¿A qué clase de persona enferma se le ocurre hacer tal cosa? Cualquier persona que tenga dicha afición sin duda debe ser un sicópata peligroso que es mejor evitar.

Al principio a muchos nos puede resultar interesante, incluso divertido, sentarnos a escribir nuestros pensamientos. Incluso estamos orgullosos de lo que hemos hecho: Muchos posiblemente incluso se atrevan a enseñárselo a algún amigo o familiar diciendo mira que chulo me ha quedado esto porque posiblemente hayamos escrito un relato gracioso, un pequeño cuento o alguna aventura en un relato corto; muy pocos son los valientes que arrancan con una novela.

Lo más probable es que nos sintamos decepcionados porque, pese a nuestras expectativas, no se leerán lo que hemos escrito; ya hemos dejado claro que leer es una pérdida de tiempo teniendo la tele-basura a un simple clic de nuestra mano.

Si tenemos buena imaginación podemos irnos a un mundo fabuloso en el que la gente esté ansiosa por leer lo que nosotros escribamos y, además, sean sinceros al darnos su opinión; y ya puestos a imaginar incluso podemos tirar la casa por la ventana y que la gente que viva en ese mundo mágico tiene criterio y sepa valorar adecuadamente cada texto que escriba para darnos una opinión fundamentada sobre ello.

En ese caso sería aún peor porque las críticas que recibiríamos serían malas. Resulta que para escribir algo que le interese a la gente hay que estrujarse las neuronas hasta que duela.

No solo debemos tener una idea interesante, sino que debemos plasmarla adecuadamente en el papel. Para conseguir eso hay que tener una buena organización, mejor léxico y un estilo único.

Como imaginaréis no tenemos nada de eso, a menos que desde pequeños hayamos tenido claro que nuestra pasión es escribir y hayamos estado practicando, leyendo y aprendiendo durante toda nuestra infancia y adolescencia… Lo cual serán casos contados los que existan.

Así que ahí estamos nosotros, un buen día tuvimos la genial idea de sentarnos a dar lo mejor de nosotros frente a un ordenador, máquina de escribir o papel y boli y ¿qué es lo que hemos obtenido? Con suerte una fría indiferencia, probablemente una crítica leve que no esperábamos y nos parecerá el fin del mundo.

Y aquí nos encontramos, con nuestro preciado texto que tanto esfuerzo nos ha contado y nuestros sueños de ser el mejor escritor tras Cervantes, que digo tras él, incluso superior a él barridos sin misericordia. Aquí es cuando somos nosotros los que nos preguntamos ¿para qué escribo?

Mucha gente, por no decir la gran mayoría, es tras preguntarse esto por primera vez cuando abandonan. Se dan cuenta que para escribir hay que leer, y no leer un par de libros, muchos y de muy diversas temáticas. Además hay que estudiar —y digo estudiar libros sobre ortografía, gramática, estilo, etcétera—. Mucho más que en nuestra época de estudiantes. Y si leer es aburrido, escribir aburrido y difícil ya no os digo lo que es estudiar y practicar.

Pero los locos que siguen intentándolo y les preguntamos ¿por qué escribes? Seguro que no sabéis lo que responden, pero ya os lo digo yo porque suelen ser dos cosas: no lo sé o bien porque me gusta.

Un sin sentido vamos ¿cómo es posible que no lo sepan? O peor aún ¿cómo es posible que les guste? Además esta incomprensión me atrevería a decir que es única en este género. Es posible que si respondieras aspiro a convertirme en un escritor famoso y forrarme algunas personas asintieran y aceptaran eso como una respuesta válida, así que acostumbraros a decir eso para que os dejen tranquilos antes.

La gente acepta como normal que a alguien le guste fumar, pese a que esté comprobado científicamente que es perjudicial para nuestra salud antes que nuestra afición sea sentarnos durante horas a estrujarnos el cerebro para juntar letras, espero que no sea el único al que esto le parezca más que raro preocupante.

Siento no poder daros una respuesta que disuelva todas las dudas sobre este escabroso asunto. Yo soy el primero que no sabe responder cuando le preguntan ¿por qué escribes? Lo único que puedo decir es porque me gusta.

Adoro pensar en que cosas podría escribir, desde que punto de vista voy a enfocarlas, que cosas quiero decir y como decirlas.

Además adoro leer, leer novelas, artículos científicos, análisis de coches que no me interesan lo más mínimo o guías de bricolaje. Ver la diferencia entre unos textos y otros, como están planteados y el tipo de palabras que utilizan. Coger el diccionario y leer aleatoriamente palabras que, en la mayor parte de los casos, no voy a utilizar jamás en mi vida.

Pero si hay algo que me gusta sobre todas estas cosas es escribir el punto final, ver lo que he escrito, leerlo para mí y publicarlo en internet. Me da igual donde publicarlo, solo me interesa publicarlo y olvidarme de él. Me da exactamente igual quien lo lea o cuanta gente lo haga, si les ha gustado o no.

Cuando una idea se ha convertido en un texto y este ha sido publicado ya pierde toda su gracia, ya está hecho, lo divertido ahora es buscar otra idea, darle forma, escribirla, publicarla y vuelta a empezar.

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