¿Qué es el cine?


El cine se ha utilizado para muchas cosas: ha concienciado sobre enfermedades, desastres naturales, contado la historia de países o personajes famosos e incluso se ha imaginado el futuro.
Pero si reducimos el cine a su mínima expresión, nos quedamos con que el cine debe entretener.

Desde sus inicios este concepto estuvo claro, su máximo exponente fue Georges Méliès que con su prodigiosa imaginación creó cientos de películas con unos recursos mínimos; siempre tuvo claro que lo importante era crear una película original, que entretuviera al público.

A día de hoy, sin embargo, parece que este concepto se ha corrompido y la industria ha cambiado el fin de “entretener” por el de “avasallar con efectos especiales”.
El increíble avance que ha tenido la tecnología ha hecho que las grandes productoras consideren que si en una película no hay grandes explosiones, persecuciones vertiginosas y un sinfín de escenas ridículas que no aportan nada a la película salvo un “queda chulo” dicha película fracasará en taquilla y no merece la pena ni hacerla.
Da igual que la escena quede ridícula, una balsa de remos de madera en medio de un tranquilo lago…. Llega un monstruo marino misterioso, le da un mordisco a un remo y explota la balsa como si fuese un galeón cargado de pólvora, porque sí, porque tiene que explotar y sino es un bodrio de película; lo realista es aburrido.

Por supuesto siempre hay excepciones, honrosas excepciones incluso habría que decir. Por eso creo que es necesario recordar una magnífica película injustamente olvidada que refleja el ridículo al que ha llegado tanto la industria del cine como la ceguera que tenemos los propios consumidores.
Una película que me atrevo a decir que todo el mundo debería ver, por lo menos dos veces: una por simple diversión, porque es una película muy divertida; y una segunda vez para detenernos en los detalles y comprender todo lo que nos quiere enseñar.

Aunque imagino que la mayoría no sabréis de que película estoy hablando se trata de: “Rebobine por favor”, una película del 2008 que hace del absurdo su bandera con tal desparpajo y a la vez seriedad que me resulta imposible no considerarla una obra magistral.

Desde el primer momento dejan clara la misión de la película: criticar la industria del cine y dedicarle un minuto de gloria a una industria que ya dan por muerta.

La mejor forma posible era ambientar la historia en un videolcub “de los de antes” de cintas VHS del cual es propietario un hombre mayor que recibe la noticia de que su edificio va a ser demolido “para dar paso al futuro”.
Si quiere conservar el negocio debe hacer frente a unas caras reformas; para ello decide actualizar su negocio y emprende un viaje en el que ver como funcionan los videoclubs actuales y que ofrecen para ser exitosos.

Para ello deja al cargo a su empleado, un joven responsable que tiene un amigo alocado al cual dió claras instrucciones el propietario de que no le permitiese entrar en el negocio.
Debido a un accidente absurdo, perfecto para dejar claras las intenciones y el enfoque de la película, se borran todas las películas.
Digo que este accidente es absurdo y a la vez perfecto porque la solución que encuentra el chico que quedó a cargo de la tienda es filmar las películas que tenían en el videoclub con su amigo y sus propios medios de forma rápida para salir del atolladero.

Con estos antecedentes ya podemos dejar por completo el argumento e historia de la película e ir al mensaje que se nos quiere dar, que es lo importante.
Con ingenio, recursos al alcance de cualquiera y sin nada de vergüenza filman las películas más famosas en unas pocas horas.
Las películas comienzan a ganar popularidad entre la gente del barrio: son originales y divertidas. Algo nuevo a fin de cuentas y la gente lo quiere.

Por un lado podemos ver como al ponerse algo de moda todo el mundo lo quiere, no saben si les va a gustar, pero como alguien dice que está muy bien nadie quiere quedarse fuera y comienzan las largas colas; incluso gente que viaja de propio durante horas para poder tenerlo.
La actitud de las personas también cambia, ahora son estrellas y la fama se les sube a la cabeza.
La solución es la típica en la industria…. Para poder hacer más películas bajan la duración de las mismas, les ponen menos cuidado y se duplica la producción. Algo que comenzó para solucionar un problema se ha convertido en un lucrativo negocio, al final todos somos humanos.

Por otro lado el viaje del propietario nos muestra la versión moderna del negocio y la actualidad, los enormes videoclubs de DVD con estantes repletos de copias de la misma película, dependientes que no tienen ni idea de la historia del cine, son meros dependientes que lo mismo les da alquilar una película que vender una bolsa de patatas.
El cine ya no es arte, es comercio al por mayor, igual que los videoclubs ya no son esos lugares de encuentro de amantes del cine, donde podías hablar con el dependiente sobre películas, directores, las novedades que van saliendo… Todo eso es cosa del pasado e intentar recuperarlo es una misión imposible.

Cuando se unen los dos caminos: el de los aficionados que filman las películas de nuevo y el propietario que regresa de su búsqueda vemos la cara real de la industria.
Han sido demandados por los estudios cinematográficos por utilización de marcas registradas. Da igual que ellos sean los actores, directores, equipo técnico y que sean versiones cortas hechas por aficionados; han utilizado marcas registradas y todas sus películas deben ser destruidas y ellos tienen multas millonarias.

Como broche final, siendo fiel a su espíritu de mostrar la realidad de la industria, tienen un final acorde a esta misión.
Son conscientes que no pueden salvar el edificio, que van a perder el videoclub y que es ridículo intentar luchar contra las grandes multinacionales.
Pero se lo han pasado muy bien haciendo esas películas, el barrio entero estuvo unido mientras las filmaban y eso no puede quitárselo nadie por lo que deciden filmar entre todos la película que cuente la historia del barrio, esa historia que siempre contaba el propietario del videoclub y que tanto le gusta recordar.

Hacen un esfuerzo y cada uno aporta lo que puede: hacen de actores, crean vestuario, construyen grúas para las cámaras y así tener distintos ángulos…
Todo el barrio se une en un objetivo claro y común entre todos, simplemente porque disfrutan haciéndolo, porque el cine se ha convertido en algo importante para ellos.
Nunca hicieron grandes producciones ni tenían buenos guionistas, actores y desde luego sin grandes efectos especiales.
Pero era suyo, lo creaban entre todos y eso les unía. Ese era el espíritu inicial del cine, algo que hace ya mucho se perdió.

Para terminar muestran que incluso la “versión moderna” de los videoclubs también está muriendo. Cuando van a robar el gran proyector que tiene el videoclub moderno del barrio descubren que el propietario lleva varios meses viviendo en la tienda porque también tiene serios problemas económicos.
El cine sobrevive gracias a lanzar superproducciones llenas de efectos especiales, internet está matando el comercio de barrio, ya nadie quiere ir hasta el videoclub para alquilar una película.
La piratería y sobre todo los servicios de streaming en Estados Unidos han acabado con este tipo de comercios.
La película que filman entre todos es su último brindis al sol, se saben derrotados pero quieren hacer el esfuerzo porque nadie les podrá quitar lo que se han divertido y aprendido haciéndola, y esos son los valores de esta película.

Han cerrado el videoclub, demolido el edificio, destruido sus películas… Y no hay ningún milagro al final de la película. Es la cruda realidad del sector e intentar maquillarlo sería ridículo; ese no es el objetivo de esta película sino mostrar la cruda realidad con humor, y eso lo logra de manera magistral.

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